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CIRCUITOS. ¿QUÉ CIRCUITOS?

PICADERO. Publicación Cuatrimestral del Instituto Nacional del Teatro, Nº 18

Por Gustavo Schraier

Desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires

La multiplicidad y la diversidad de propuestas escénicas que se presentan anualmente en la Ciudad de Buenos Aires, la han convertido, según los entendidos, en la 4ta. plaza teatral del mundo: “(…) antecedida por Londres, Nueva York y Madrid. El cálculo responde a la ecuación entre la cantidad de público asistente, los espectáculos estrenados y la disponibilidad de butacas. Buenos Aires tiene más teatros que Nueva York, pero menos butacas, es decir, menos público asistente (…)” (1). Nada de esto podría, ni es intención de este autor, discutirse. Sin embargo, y atendiendo a las características actuales de producción, gestión, promoción y exhibición de las piezas que componen esa múltiple y diversa oferta teatral porteña, considero posible –y necesario- discutir las categorías mediante las que seguimos clasificando a los denominados circuitos teatrales, categorías –y definiciones- que remiten a modos del hacer teatral de décadas y épocas pasadas, que no resultan ya pertinentes con los cambios que se han producido -y se producen- en la escena teatral porteña.

Lo que en teoría suena bien...

La palabra circuito remite a circulación, a ruta, a entrada y salida, a enlace, a energía. Circuitos hay muchos: circuitos eléctricos, magnéticos, integrados, circuitos cinematográficos, de televisión, de radio, también hay circuitos turísticos, de carrera, electorales y, claro, los cortocircuitos. Pero, ¿a qué denominamos circuitos teatrales?
Para responder teóricamente a esta pregunta considero pertinente diferenciar, primero y aunque de manera muy sintética, dos características inherentes al hecho teatral: la producción y la exhibición.
Básicamente, la producción refiere aquí a la segunda fase de un proceso complejo y colectivo, la producción teatral, en donde un conjunto de personas reunidas en un modelo de organización teatral determinado intentará materializar un proyecto en un espectáculo. Los modos de constitución, de gestión y de administración de cada organización serán diferentes, así como también lo serán los procedimientos utilizados para producir, promover y exhibir espectáculos, las fuentes de financiación en las que abreven, las legislaciones que las regulen, sus objetivos específicos y distintivos y, entre otras cosas, el cómo conciben el hecho teatral. Esta diversidad de aspectos son los que definen y caracterizan a cada uno de los llamados sistemas de producción teatral. En Argentina, se conoce a los principales sistemas como: oficial, comercial e independiente, aunque yo prefiero clasificarlos técnicamente (por sus modos de gestión y producción) como: público, empresarial y alternativo.(2) Hasta aquí, sucinta y teóricamente, la producción. 
En cambio, la exhibición no es una fase en sí, sino un rasgo característico de  la explotación, última fase de la producción teatral, en la que se intentará alcanzar la rentabilidad artística y/o económica. La exhibición remite al momento exacto en que la organización teatral presenta en público su  espectáculo materializado, durante un tiempo y sobre todo, en un lugar determinado (3) Cuando hablamos del lugar, mejor dicho, de los lugares en donde “un espectáculo” comúnmente se exhibe, nos referimos a las salas, a los teatros. Hasta aquí, breve y teóricamente, la exhibición.
Retomando la pregunta original -¿a qué denominamos circuitos teatrales?-, y considerando los dos aspectos señalados –producción y exhibición-, podemos entender como circuitos teatrales al conjunto de salas por las que transitan pero, sobre todo, en las que exhiben sus propuestas escénicas las distintas organizaciones teatrales que conforman cada uno de los diferentes sistemas de producción señalados. De ahí que también podamos hablar de circuitos de exhibición teatral.
No obstante, cabe aclarar que dentro del conjunto de teatros que constituyen un circuito existirán teatros que no forman parte de ningún sistema de producción, simplemente porque no producen espectáculos sino que sólo los exhiben.

…en la práctica hace demasiado ruido.

Desde hace muchísimo tiempo he observado que se tiende a relacionar de manera directa a cada uno de los circuitos teatrales y/o a las salas que los conforman con su ubicación geográfica –sobre la avenida Corrientes, los teatros “comerciales”; principalmente en el Abasto, las salas “alternativas”-; del mismo modo se vincula a circuitos y salas con los modos de gestión, producción y promoción que cada organización teatral utiliza para materializar y comunicar sus proyectos, y con el tipo de teatro o los géneros teatrales que suponen caracterizan a cada uno de estos circuitos –en el centro las “comedias” y “musicales”, en las salas alternativas las propuestas de “vanguardia”-. Cuando me propusieron escribir este artículo sobre los circuitos teatrales de la Ciudad de Buenos Aires, no pensé en todo esto, pero al sentarme frente a la computadora, una catarata de preguntas me invadió de repente con sólo pronunciar el término circuitos:

¿Qué circuitos? ¿Cómo entender un circuito? ¿Existen en realidad los circuitos? ¿Quiénes los determinan? ¿Quiénes los recorren, por qué, para qué? ¿A dónde nos llevan? ¿Un circuito es un mapa, nos guía? ¿Cuáles son los contornos de un circuito? ¿Cuál sería el centro y cuál la periferia? ¿Importa? ¿Qué hacen el Centro Cultural de la Cooperación,  Liberarte o el Teatro San Martín, por ejemplo, invadiendo la Avenida Corrientes? ¿La Avenida “que nunca duerme”, no demarcaba el circuito “comercial”? ¿Si Corrientes es el centro, entonces los teatros Avenida o Coliseo pertenecen al “off”? ¿Cuáles son las salas del “on”? ¿Importa? ¿Por qué llamar circuito a un conjunto de teatros? ¿Qué sentido tiene seguir clasificando al teatro en circuitos? ¿Cuánto se “relacionan” entre sí los teatros que los constituyen? ¿Cuál es la conexión entre géneros y circuitos? ¿Qué lazos unen a un sistema de producción con un circuito de exhibición? ¿Por qué hay teatros en los circuitos de exhibición que no producen teatro? ¿Existen circuitos de producción? ¿Importa? ¿A qué denominamos circuitos “oficial”, “comercial” o “alternativo”? ¿Quiénes lo apodaron así? ¿Cuán “oficial” es un espectáculo del “circuito oficial”? ¿El teatro “comercial” implica que hay otro teatro que no lo es? ¿Si el circuito es “alternativo”, por qué a los teatros que lo conforman se los llama “independientes”? ¿Importa?...

A esta altura de la redacción, me pregunto qué cara pondrá el editor de PICADERO cuando lea esta nota tan plagada de interrogantes. Debo confesar  con pudor que no tengo respuestas para toda esta catarata de preguntas. Pero como al comienzo del artículo, considero posible –y necesario- revisar las categorías, los “motes”, las simplificaciones que usamos para dar cuenta de tantos y tan diversos aspectos del hacer teatral. Las categorías bajo las que nos regimos son lábiles, tanto como las épocas y los hombres que las diseñan y las aplican: ¿Qué queremos decir hoy, por ejemplo, con que tal teatro es “independiente” o aquel otro “comercial”? Atendiendo a esta fragilidad de las denominaciones y a los cambios que la escena misma muestra a diario -¿Cómo explicar sino la apertura de salas en espacios no tradicionales, como una casa particular en el barrio de Boedo o una fábrica recuperada en Almagro?-, pienso en la posibilidad de desplegar una nueva cartografía teatral de la ciudad, una cartografía no estanca sino atenta a los cambios que se producen en la creación, exhibición y recepción del teatro local.

Buenos Aires, enero 2006

 

Colaboración literaria Marisa Rojas
Agradecimiento: a Débora por inspirarme el título de este artículo.

 

Notas

1. Rottemberg, Carlos, Teatros en Buenos Aires, www.bue.gov.ar/especiales. Volver

2. Schraier, Gustavo. Laboratorio de producción teatral I. Técnicas de gestión y producción aplicadas a  proyectos alternativos, Inteatro, editorial del Instituto Nacional del Teatro, 2006, Buenos Aires. Volver

3. Idem cita 2. Volver

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