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PRODUCTOR DE IDEAS, MATERIALIZADOR DE SUEÑOS

Gustavo Schraier

Para Saverio, revista cruel de teatro
Año 3 Número 10/Agosto 2010

Al hablar de gestión y producción es necesario comenzar por hacer una dife­renciación entre uno y otro concepto. Podemos referirnos a gestión, como la unión de recursos, acciones y conoci­mientos para conseguir un fin concreto en un entorno determinado; y a produc­ción como un proceso de realización.

En nuestro caso, podríamos decir que la gestión y producción escénica está rela­cionada con llevar adelante una idea o un proyecto a través de un proceso com­plejo y colectivo en el que confluirán distintas prácticas artísticas, técnicas y administrativas que, un conjunto de personas, realizará con la intención de materializar esa idea o proyecto en un espectáculo que pueda ser presentado ante un público y durante una tempora­da determinadas.

Ahora bien, en lo referido al trabajo de la producción como a la producción mis­ma suelen rondar conceptos erróneos o no del todo ciertos, como por ejemplo, pensar que se refieren exclusivamente a poner dinero para un espectáculo, a buscar fondos, o sólo a realizar una ac­ción promocional, o administrativa.

En cuanto a la producción, compren­damos que es un proceso fundamental­mente colectivo en el que todos y cada uno de nosotros somos en esencia pro­ductores de ese hecho teatral desde el asistente último hasta el director, desde el intérprete al escenógrafo, desde el músico hasta el técnico.

En cuanto a la producción ejecutiva podría decir que somos profesionales, especialistas, cuya función, entre mu­chas otras, es la de traducir las ideas del director y del equipo creativo en un conjunto de acciones y estrategias que permitan su culminación en un produc­to escénico. Marisa de León, una colega mexicana, se refiere al productor ejecu­tivo como un materializador de sueños, alguien que ayuda a concretarlos y vin­cularlos con su entorno.

En este sentido, la función de tradu­cir las ideas implica, entre muchas otras cuestiones, diseñar una producción, planificar el proyecto -actividades, tiem­pos, personas, recursos, etc.-, preveer sus costos y hacer un cálculo estimati­vo y potencial de ingresos. Del cruce de estas últimas estimaciones saldrá lo que se conoce como punto de equilibrio que expresa cuántas entradas es necesario vender, a qué precio y durante cuánto tiempo y, a partir de ahí, decidir si es viable o no llevar a cabo la producción de la obra.

La primera fase del proceso de pro­ducción es la preproducción y es neta­mente analítica, de escritorio. Aquí lo fundamental es planificar, presupues­tar y ver las formas de financiación. En esta etapa no se gasta nada, a lo sumo se compran los derechos de autor. Lue­go viene la parte ejecutiva que es la de llevar adelante, la producción; y culmina con la explotación, es decir, la tempora­da de funciones. Podría haber un cuarto momento, el de la distribución que com­prende salir del lugar fijo y circular por otros espacios.

Lo primero que debemos preguntar­nos en la preproducción es qué quere­mos hacer; por qué; para qué; qué meto­dología implementar, con qué recursos, quiénes harán las labores, quiénes su­pervisaran, quiénes coordinaran, cuán­do, dónde y, finalmente, para quiénes. Las preguntas sobre cómo y cuánto son fundamentales, ya que permiten hacer la planificación y el presupuesto, respec­tivamente.

Una buena preproducción hace que el camino de la producción sea más fluido. El productor ejecutivo debiera tener dos verbos incorporados: preveer que es anti­ciparse al futuro para prevenir los proble­mas que identificamos. Mientras que, el verbo a erradicar es suponer, porque siempre termina complicando las cosas.

El último lapso de reflexión se debe iniciar en el momento en que el espec­táculo bajó de cartel. En esta instancia es preciso evaluar qué pasó con la obra -haya sido un éxito o un fracaso-; cómo reaccionó el público; en qué momento se estrenó; si eso afectó y de qué mane­ra, etc.

 

Sistemas de producción

En Argentina, existen tres sistemas de producción. El primero es el sistema de producción pública que es aquel finan­ciado por el Estado y que tiene como misión primordial un servicio cultural a la comunidad. De este sistema pode­mos mencionar al Teatro Cervantes a nivel nacional, al Argentino de La Plata a nivel provincial y al Complejo Teatral de la Ciudad de Buenos Aires (que com­prende los teatros San Martín, Alvear, Regio, de la Ribera y Sarmiento) a nivel municipal.

El segundo es el sistema de producción privado, integrado por subsistemas: el empresarial, conocido como teatro co­mercial que está regido por empresas y productoras de espectáculos cuyo fin es Principiantes y AvanzadosSaverio Revista Cruel de Teatro 5

el lucro; el productor eventual, que es muy esporádico y está formado por empresarios o comerciantes no vinculados a la produc­ción teatral pero que tienen algún tipo de actividad relacionada con algo del espec­táculo (ya sea que la esposa es la actriz o que el hijo es el guionista) y, al financiar el proyecto, se convierten en un empresario sin llegar a ser productor.
El tercero, y no menos importante, es el sistema del teatro independiente, que yo llamo alternativo y es el que más produc­ciones genera en el país. Cada cooperati­va tiene sus propios fines que van desde los experimentales hasta los económicos, desde los sociales hasta los pedagógicos; sería una simplicidad decir que todos las producciones alternativas tienen objetivos artísticos.

Si bien, la figura del productor ejecuti­vo tiene varios años en las artes escénicas profesionalizadas, en lo alternativo es más reciente. En parte, esto sucede porque ha habido un cierto vacío formativo, una fal­ta de conceptualización sobre el asunto. Quienes hacíamos producción previo al 2000, suplíamos esta falta con material bi­bliográfico extranjero y, claro, con el oficio diario de prueba y error, tratando de apren­der de las propias experiencias. Después del 2000, por suerte, empezaron a aparecer ciertos cursos, talleres, seminarios. Yo mis­mo comencé a dictar cursos de producción y gestión para poder transmitir mis cono­cimientos adquiridos y, principalmente, tratar de incentivar a pensar la producción. Todas cuestiones que volqué en mi libro Laboratorio de producción teatral 1.

Pensar es un factor determinante de esta profesión, en la ciudad de Buenos Aires se produce mucho proyecto alternativo pero sucede que cuando se lo hace se sue­le pensar poco sobre qué tipo de proyecto hacemos, por qué, para qué, cómo y para quiénes.

 

La producción en el sistema alternativo

En la ciudad de Buenos Aires hay, actual­mente, cerca de 400 cooperativas registra­das, unas 200 salas habilitadas, otras 200 que operan de manera informal y cerca de 800 espectáculos alternativos. Mientras tanto, la demanda se mantiene estable y, frente a la gran oferta de espectáculos al­ternativos, el público se va atomizando. Hecho que lleva a que en las salas la recu­rrencia sea de 15, 20 o 25 personas. Salvo para las obras consagradas dentro de lo al­ternativo.

Con frecuencia, en este sistema se lleva a cabo un proyecto sin pensar en para quién es ese proyecto puntual. No me refiero a pensar en qué le gusta al público -de eso se encarga el teatro comercial-. Hablo de identificar a nuestro público potencial para enfocar mejor toda nuestra comunicación hacia él.

Ahí es cuando aparece la producción ejecutiva con alguna experiencia ya sea teórica o práctico-teórica acompañando el proceso. La escena alternativa es un campo fértil para la producción ejecutiva, porque hoy en día la gente de teatro (ar­tistas y técnicos) está ávida de ayuda en ese sentido.

Así es como, desde el 2000 al día de la fecha, el productor ejecutivo ha dejado de ser un bicho raro en el teatro alternativo. Un ejemplo de esto son muchos de mis ex alumnos que transitan este sistema y que lograron poner nuestra labor en un lugar cada vez más legitimizado, más recono­cible y necesario para la materialización del hecho teatral. Lo cual creo muy posi­tivo porque nuestra figura no es la de un enemigo sino la de alguien que facilita el trabajo creativo.

«El productor ejecutivo debiera tener dos verbos incorporados: preveer que es anticiparse al futuro para prevenir los problemas que identificamos. Mientras que, el verbo a erradicar es suponer».

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